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Dimensiones Intimas

La fotografía nos persuade admitiendo la ausencia de palabras. Aun así es ineludible la espontaneidad de la imagen inesperada que sorprende narrando sin preámbulos aquello que al fotografiar no estaba presente.

La curiosidad explora la necesidad de comprender aquello que se desea comunicar. Puede obligarnos a contemplar obsesivamente una imagen no planificada, de la que no puede establecerse sencillamente una razón que deje al descubierto una trama de hechos o coincidencias.
La imposibilidad de rastrear una huella, que permita buscar una estructura para ordenar y simplificar la realidad de la vida y su sentido, revela la resonancia creativa que quiere vincularse a la expresión profunda.

Percibo los interiores y su intimidad, como un desierto sin fronteras o un bosque denso e impenetrable. Es la incertidumbre que ansia establecer en una geografía cerrada una conclusión lógica. En esos espacios, la cámara es un latido que sucede, porque al repetirse le da vida a la inquietud que intenta construir una obra.

Dentro de la intimidad hay un espejo, como un circuito que nos vuelve visibles ante nuestros propios límites, un universo ajeno que a veces puede ser un simulacro de nuestro propio curso.
En el cruce de la ficción y la veracidad documental se entabla por momentos un inquietante dialogo entre el lugar y su atmósfera y los objetos con las situaciones que conforman su escenario. La realidad diaria puede filtrarse ocurrente o tan desolada que puede invitar al observador a imaginar las interacciones desde su propio punto de vista o desde la propia narrativa de la imagen.

La ilusión que se transporta como un enigma nada tiene que ver con la voluntad que encuadra una imagen y que define un espacio con sus propias leyes de belleza. Estos espacios hallados, muchas veces funcionan comunicando valores emocionales determinados o ideológicos.

Son imborrables los espacios donde se ha sufrido de la soledad o gozado de ella, donde se la ha deseado o se la ha comprometido; constituyen en la memoria aquellos lugares que a la distancia, inevitablemente se recuerdan con cariño.

Así, las dimensiones de un lugar pierden el sentido al abrirse otra dimensión, la de intimidad. El espacio de la intimidad y el del mundo se hacen consonantes y son un estado del alma, una tregua de la inquietud perpetua donde el universo que se ofrece a nuestra vista queda sin límites.

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