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Jauría
por Rosario Bléfari

Está presente en el acuerdo el coraje y la mansedumbre,
si pueden considerarse acuerdos estos tratos.
El coraje le permite vivir a su lado sin temor a perder algo que no consigue descifrar del todo
pero que se siente como un anhelo constante encapsulado en la sensación de cariño y resguardo.
La mansedumbre no ataca ni muerde excepto si algo duele en serio o el terror la quiebra. 

Brilla el pelaje que parece ir en medio de una jauría nocturna, de una manada huyendo o persiguiendo algo.
Pero está solo, su identidad casi velada.
No está suspendido pero parece.
Siempre digno,
sorpréndanlo como sea.
Seguro de que su existencia está justificada por todo el universo.
Tal vez por eso mismo una inquietud constante lo acompaña,
está atento a lo que sucede,
extiende sus sentidos,
tantea los alcances
y así conoce su lugar.

Va y viene entre las cosas hechas por ellos,
la escalera, el sillón , el ladrillo, el estante, el trofeo,
hasta una naturaleza construída en los fondos y los parques.
Todo es recorrido, habitado y se vuelve un territorio ocupado.

Aún así, en medio de este estado de las cosas
como si fuese parte de ese acuerdo podemos ver cómo,
en un movimiento detenido en determinado ángulo de la casualidad,
queda al descubierto el rastro sublevado,
no de la bestia indómita sino del ciervo encandilado,
la mirada colmada de inocencia, clave de lo salvaje,
los sentidos en alerta escribiendo la letra de su estado emocional.

Es también su propia estatua, en globo y  en diversidad.
Dibujado, fotografiado, tallado, moldeado,
su forma es y será celebrada y multiplicada.


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