Proyecto Fichita
Por Daniel Molina
Desde el punto de vista formal, la vida es un fracaso. Todo dura demasiado tiempo o acaba demasiado pronto. El moralismo tiñe la experiencia cotidiana: si se obtiene placer, viene siempre acompañado del tedio y la amargura. Como un mal guionista, la vida hace de cada escena un lugar común. Para no morir de aburrimiento se inventaron la política, la religión y el arte.
Cuando el mundo obtenía su sentido de la violencia, los artistas eran vistos como meros ilustradores del relato mítico: retratistas del dios sufriente o del líder triunfante. Pero hace dos siglos comenzó el estallido del sentido único (que es el sentido que reina en el mundo de la religión y de la política): Dios murió de golpe y los caudillos entraron en agonía. Desde entonces, cualquier relato fue posible, a condición de no creer demasiado en él.
El arte contemporáneo es la puesta en escena de ese estallido. Ahora todo puede ser inventado. El mundo está haciéndose, continuamente. Las fotografías de Jorge Miño son una prueba visible de este enriquecimiento del mundo: crean espacios que no conoceríamos si no viéramos estas imágenes.
En esta muestra presenta dos series muy diferentes. En una de esas series (Grandes decisiones) se ven los salones emblemáticos del viejo edificio del Correo Central a través de reproducciones en blanco y negro de gran tamaño. La otra (Proyecto Fichita) está conformada por varias fotos lenticulares que reproducen pantallas de videojuegos y un par de tomas directas. A pesar de las diferencias, ambas series están recorridas por un mismo deseo: mostrar, más que los objetos, el espacio, gracias al cual pueden manifestarse.
Hay un momento esencial en todos los relatos míticos sobre el origen del mundo: el instante en el que la luz y las tinieblas se separan. Es a partir de ese instante que la visión se hace posible. Pero lo único que se ve al principio -en eso coinciden todos los mitos- es el espacio mismo. En el origen, no hay otra cosa para ver que el vacío. En la obra de Miño, el espacio nunca está completamente vacío, pero los objetos que hay en sus fotos alcanzan una densidad abstracta tan sutil que parecen disolverse en el aire o en la luz. Más que visto, es un vacío soñado.
Proyecto Fichita muestra el estado actual de una investigación sobre los videojuegos, que al desarrollarse se concentró en las carreras virtuales de automóviles. Como suele suceder, la biografía metió la cola y el proyecto creció. El artista fue víctima (en el mundo que preferimos seguir llamando “real”) de un accidente automovilístico: otro conductor no respetó una luz roja y lo envistió con tanta violencia como fortuna, ya que ninguno resultó gravemente herido. El hecho (la anécdota es significativa) sucedió una noche de fines de enero pasado, cuando Miño volvía de buscar la torta para festejar su cumpleaños.
Esta serie es un diálogo entre dos estilos fotográficos, dos técnicas, dos diversas maneras de estar en el mundo y un único hilo conductor: el automóvil. Por un lado están las fotos lenticulares, que recuperan el movimiento de los autos en la pantalla. Cuando el espectador se desplaza en torno a cada foto logra percibir el recorrido del auto virtual. Por otro lado están las fotos de los autos chocados. Son el testimonio inmóvil de la loca carrera hacia la nada que puede ser una aparentemente tranquila noche de verano.
La serie Grandes decisiones reproduce en negativo los salones del Palacio de Comunicaciones en el que se realizaron los recuentos de votos durante las elecciones o el despacho que tenía Eva Perón en ese edificio estatal: espacios vacíos, pero recargados de sentidos políticos. Es más: sobresaturados de sentido porque el sentido político que les era inherente ahora está vacío. El gran tamaño de las copias y el realismo minucioso de la toma exacerban la extrañeza que produce ver en negativo (con las luces “reales” saturadas de negro y en pálidos grises claros las zonas más claras del “mundo real”) esas grandes salas en las que tantas veces se tomaron decisiones que influenciaron la vida de millones de personas.
Miño no es un fotógrafo (en el sentido tradicional del término), sino un artista visual que usa la fotografía como soporte privilegiado. Su interés no es el registro de un momento, sino la producción de un sentido o de una emoción. No mira el mundo para documentarlo, sino que inventa lo que ve: registra lo que no ve, documenta lo que quisiera ver. Hace posible un mundo que sin él sería imposible.
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