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Diferentes futuros

Para 1950, el mundo ya estaba lleno de aeropuertos civiles. Todos ofrecían una sistematizada experiencia de tránsito entre vestíbulos de salidas y llegadas, algunos minutos de tensa espera en los sillones de las salas de embarque, el control de aduanas y un gigantesco ventanal desde el cual el pasajero se asomaba al misterioso y lejano territorio de aviones, pistas y hangares. Esas fachadas de concreto representaban la esperanza en un mundo más pequeño y comunicado, la fe en las relaciones internacionales, el destino de un planeta amistoso, ordenado y funcional en donde ser ciudadano del mundo era posible.

Jorge Miño fotografió aeropuertos en distintas ciudades entre 2007 y 2008. Sus imágenes, que conforman la serie Cada vez que decimos adiós,  muestran los consabidos vestíbulos, las aduanas, sus escaleras. Son enormes fotografías blanco y negro, en donde los espacios están vacíos. Sin nadie que circule por él, el aeropuerto se transforma en un laberinto en donde se ignora si las escaleras suben o bajan, o si los detectores y pantallas funcionan en absoluto. Un mundo sin sobrevivientes, aparece como una nueva Pompeya, una ruina suspendida en el tiempo. Miño elige fotografiar espacios demodé, salas que podrían haber sido olvidadas por las remodelaciones aeroportuarias que se realizaron en el mundo en los años 90, cuyo ejemplo más acabado es el futurista aeropuerto de Beijíng de Norman Foster.

Miño ya había pasado el 2004 (y parte del 2005) fotografiando máquinas viejas que seguían en uso. Secadoras de pelo con patas, de esas que se ven en las películas de los años 60s, gigantescas máquinas ravioleras con diseño de mediados de siglo, tecnologías para hacer llaves con palancas, de tiempo indefinible. La serie se llamó Mecanismos y señalaba ya la convivencia con lo viejo, con lo usado, que define el encanto de un barrio como San Telmo, en donde vive Miño, pero también el espíritu de una actualidad conformada, paradójicamente, con elementos de un pasado más o menos próximo.

Con Puesta en escena, un grupo de fotografías tomadas en embajadas, Miño viajó más lejos. Se trata de una estética de principios de siglo, de densos cortinados y alfombras con arabescos que apagan los sonidos e invitan a comunicarse por murmullos, gigantescas arañas con tintineantes caireles que se reflejan sobre las superficies lustradas de las mesas, simétricos retratos de elegantes personalidades franqueando la entrada a las íntimas salas, petites-meubles estratégicamente colocados para sostener las copas de los caballeros y señoritas.

El interés arquitectónico de Miño se hace evidente: a través de la sobreexposición de las fotografías, las imágenes se transforman en planos o dibujos parecidos a los de los gabinetes de estampas. Un trazo fino contornea y delinea las formas, un sombreado tenue corporiza los objetos, la simetría permite la lectura más lógica y racional del espacio.

  Las fotografías de Miño buscan así la estructura doméstica sobre la cual las embajadas se asientan. De hecho, no hay referencias al mundo de la política internacional ni a la cantidad de papeles y burocracia que los diplomáticos deben resolver cotidianamente. Todo guiño al viaje que puede significar la embajada, como en los aeropuertos, ha sido borrado. Si no nos avisan, podemos perfectamente creer que se tratan de imágenes tomadas en residencias tradicionales, pero actuales, de la ciudad de Buenos Aires. Es la hora del pequeño descanso de la señora, y la casa está en silencio.

La muestra se llama Diferentes futuros. Miño explica que el título tiene que ver con que tanto los aeropuertos como las embajadas suponen diferentes y variables modificaciones en el destino de cualquiera. Un viaje. Instalarse en otro país. Reencontrarse con un ser querido. Pero después de ver las imágenes, se puede pensar también en un futuro distinto por lo denso, por estar construido a través de la superposición de diferentes pasados que siguen funcionando… Como en la película Brazil de Terry Gilliam, en donde en un futuro indeterminado, Jonathan Pryce se la pasa escribiendo en una nuevísima computadora hecha con teclados de antiguas Underwood reciclados.

Por Lucrecia Palacios

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