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CRIMINOLOGÍA

Los rasgos de la cara, nos dice desde muy temprano la criminología clásica de fines de siglo XIX, señalan patologías, anormalidades, defectos morales. Desde esa entrada en escena de la fotografía y el retratismo en el ámbito de las instituciones de control, las perspectivas lombrosianas del culpable han permanecido en la memoria popular del crimen.

Nada inocente, los primeros servicios fotográficos de los poderes policiales se inclinaron por detectar a los revoltosos de la Comuna de París. Perfeccionado el método, con Bertillón, el retratismo fotográfico mecanizó, perfeccionó, la caza de la identidad.

Semiosis del detalle, arte de la persona, la criminología nos ha desplegado un rostro-mapa por el universo ínfimo de las irregularidades y de los desórdenes sin importancia.

¿CULPABLES?

GUILTY! de Marcelo Grosman abre, evocando el tratamiento que la prensa sangrienta aplicaba al delito, un espacio allí donde el rostro revela la crueldad (no menos que la inocencia) del monstruo-humano, retomando el clásico par frente/perfil de las instituciones policiales. 

La serie juega en un filo doble. Por un lado, del efecto de culpabilidad -que no es otra cosa que efecto del discurso del poder-, la simpleza administrativa y el mecanismo eficiente del control de las poblaciones; por el otro, el anverso, plagado de sospechas, de esta leyenda negra que troca la maldad en desgracia y la bajeza en desventura.

AMBIGÜEDAD

Este trabajo, en la sobreimpresión de placa sobre placa, desata el efecto de la concentración total del riesgo; hipótesis central de una obra que, excepto por los colores -salvajes y sin ambigüedades-, desmaterializa contextos y propone un mal ubicuo y flotante, escamoteado en la imprecisión de los límites.

Sus personajes son producciones de las instituciones de control social; cada uno de ellos, hecho de la mixtura y la yuxtaposición, nos acerca al perfecto culpable. Un culpable cocido en la prensa sensacionalista; carente de singularidad.  
A su vez, la acumulación de placas y rostros funciona ambiguamente. La suma total del horror arroja un rostro que es aún humano -el rostro de la víctima-; en él aún es posible reconocernos. Con el término pharmakos los griegos designaban, un par de opuestos: remedio y enfermedad.  Ponían al descubierto la reversibilidad del sentido. Por el filo de este reverso-anverso camina GUILTY!: devela en el criminal, a la primera de las víctimas; operación política central de la cultura. Por ello es posible sostener que el humanismo es el soporte sobre el que se va a estrellar el gran ejercicio político y mediático de nuestro tiempo: la asignación de culpabilidad.

SACRIFICIO

Si en primer lugar es posible encontrar aquí una amenaza persistente y difusa; también debemos reconocer que GUILTY!, a su vez, propone un recorrido por los “culpables de una vida”. El criminal abominable viste ropajes sucesivos. Ontología cambiante del monstruo que se pasea, alternando, por el rostro de los jóvenes, de las mujeres,  de los sexualmente ambiguos, de los adversarios políticos; que otra vez aparece travestido de fundamentalismo; y que, incluso, acecha a la niñez como encarnación final y amenaza última del criminal abominable.

Grosman ilumina el carácter ambivalente, dual, incierto, de estos criminales, desafiando el despotismo del género icónico policial del frente-perfil. En su lugar nos sugiere que ellos, los culpables, son el objeto sacrificial de nuestra cultura. ¿Son quienes ejercen la violencia o quienes padecen la furia punitiva?

El criminal es última unidad de lo social y como tal está dentro y fuera simultáneamente. Esto constituye el rasgo grotesco último de toda composición societaria, pues no hay sociedad sin objeto sacrificial, y no hay objeto sacrificial que no esté, a la vez, en el exterior y en el interior. ¿Es entonces el criminal, al mismo tiempo, nuestro chivo expiatorio?  La eficacia sacrificial funciona si elimina las discusiones, los celos, las rivalidades al interior de un grupo, señalando el mal en esa zona de frontera indecidible.
 
HACER UN CRIMINAL

No existe tal cosa como el criminal nato. Pues aquello que constituye el crimen se va redefiniendo en cada sociedad y requiere de un acuerdo común. ¿Cómo se hace, entonces, un criminal? Su proceso de producción requiere de un mito discursivo –el principio de culpabilidad-, de capas de sentido consolidadas en el tiempo –recursividad y persistencia- y de una imagen encarnada pero borrosa de la figura amenazante –sabemos los que nos amenaza pero precisarlo, sin embargo, no es tan fácil-. Esta tríada productiva exige un trabajo minucioso y sostenido.

Un proceso de producción similar, lento, arduo, detallista, geológico, incluso, es el que se ha desarrollado en GUILTY! Capa sobre capa se han ido seleccionando, y superponiendo, aquellos íconos que indican la zona del mal absoluto. 
  
MINORÍAS
Las tres minorías criminales, en desventaja política, objeto de dominación, son quienes encarnan una amenaza para las mayorías hegemónicas. Curiosidades de los jóvenes, las mujeres y las personas sexualmente ambiguas. Han sido estigmatizados y a sus cuerpos –juveniles, femeninos o andróginos- se les asignan perturbaciones, se les señala la clave de un desvío. No son neutros, abstractos, universales; poseen dramaturgia propia. Constituyen la diferencia.
           
EL FIN DE LA NIÑEZ

La última condena de nuestro mundo ha recaído sobre la infancia, por salvaje, por criminal. Con esta sentencia, la niñez se vuelve obsoleta. En estas placas pueden verse niños fetichizados por el ejercicio del poder técnico; niños que no son niños, que no están tensados por el privilegio de la instantaneidad ni del juego. Un niño-culpable, necesariamente, ya no es un niño; abandona su estatus. Sin embargo, cada vez quedan menos dudas de la culpabilidad infantil.  A veces, castigar a alguien es volverlo puro, limpio. El rostro infantil de GUILTY!, por el contrario, indica esta verdad de época: la niñez está condenada a desaparecer.    

SUEÑO POLÍTICO

Hay un sueño político del ejercicio criminalizante: encontrar un criminal tan responsable que ya no quede responsabilidad para nadie más; para la cual ya no queden voz que se levante para señalar inocencia. La rápidas transformaciones de nuestro mundo han dado lugar al desplazamiento de esta fijación mítica unánime: antes la ideología; hoy, la religion. El criminal político, dice Grosman, cambia de ropaje con las épocas: la maldad no es esencial.  

VÍCTIMAS Y VERDUGOS. A MODO DE CIERRE      

En el extremo, GUILTY!, cuestiona las causas justas, la naturalización del mal. Sugerencia de una idea fuera de época: las víctimas son mucho más incómodas que los verdugos cuando parecen dispuestas a defenderse. Mérito de una idea fuera del tiempo: imagen es dominación.

por Shila Vilker
                                                                    
Sánchez Vigil, Juan Miguel, “La fotografía como documento de identidad”, en: Documentación de ciencias de la Información, Vol. 28, Universidad Complutense de Madrid, 2005.
Deleuze, Gilles y Guattari, Felix,  Mil Mesetas, Pre textos, Valencia, 1988. 
Barthes, Roland, La Cámara Lúcida, Barcelona, Paidós, 1995.
Foucault, Michel, La vida de los hombres infames, Altamira, La Plata, 1996.
Bajtin, Mijail, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, Alianza, Madrid, 1987.
Girard, Rene, La violencia y lo sagrado, Anagrama, Barcelona, 1983.
Baudrillard, Jean, Pantalla total, Anagrama, Barcelona, 2000.

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