Florencia Blanco, Guadalupe Miles y Jonathan Delacroix
El autobús para, allá arriba, como si nada hubiese pasado luego de diecisiete horas de viaje. Pasajeros que al pisar su norte devienen lugareños, pasajeros mutando en diversos modos de turista y los que nunca faltan, los de ritmo intermitente.
Llueve con intensidad, desde hace ya una semana, un río desbordado deja líneas en los muros.
Un adolescente toma el desayuno en su casa moderna del centro a mitad de la manzana. La contemporaneidad está marcada del mismo modo que en cualquier parte del mundo.
Un ciberlocutoriobarcarrito trasmite la noticia de que los cortes de ruta serán un clásico nacional a la hora de reclamar lo que la comunidad se atribuye como su derecho.
Los árboles, que aparentan estar dormidos de calor, se conectan con el bienestar de una familia de pájaros que ha terminado su nido con paja y tiritas de plástico de una porra del cumpleaños de la quinceañera Priscila Álvarez, la chica más popular de la escuela Nuestra Señora de los Milagros Realizados. Su living lleno de fotografías del pasado, atrapado en el devenir de su empapelado, deja lugar a los nuevos herederos de esos milagros realizados. Empapelado, austeridad y buen gusto urbano a discreción.
Su hermana Magda de veintiún años, quien se desarrolla inquieta, recorre territorios en busca de refrescantes aguas turbias. Algo así como una canoa de goma espuma o colchón en la lluvia.
Nada nos da que pensar en esas tierras, ni nada se piensa sin ellas. Algo así como un día somnoliento en donde la idea de dormir no siempre es la mejor. Dormiré de regreso a casa.
Por Carlos Herrera |