Avalon y la cámara lucida
por Fabiana Barreda
"Entonces ella cerro los ojos solo despertaría de su sueño eterno con el beso del amor verdadero,
Y los rosales y las hiedras cubrieron todo el palacio crecían sobre la fría piedra en un abrazo perenne..."
Extracto del cuento "La bella durmiente"
"Aquella foto de ella en el invernadero,
que nunca veríamos..."
Del texto de Roland Barthes "La camara Lúcida"
Avalon en la mitología celta era el Paraíso, su dimensión era paralela a los vivos, sus puertas eran los sutiles límites entre dos mundos como la superficie espejada de un lago o las raíces de un árbol penetrando la tierra.
Esa era morada de las hadas y los druidas, de La dama del Lago y Excalibur, de Ginebra y Arturo, de Merlín y Morgana, los protagonistas de las leyendas artúricas del Santo Grial.
Lo misterioso de ese Paraíso era su simultaneidad con nuestro mundo y como la magia se transformaba en territorio cotidiano.
Las fotografías de Patricia Pearson se inscriben en esta tradición celta, es el relato romántico del amor eterno, su simbología se nutre de las imágenes pre-rafaelistas del siglo XIX, de pintores como Burne et Jones, Rosetti, Wistler y John Everett Millais, el autor de la bella y tibia Ofelia flotando en el lago cubierta de flores.
El arquetipo del bosque y la naturaleza como metáfora de lo sagrado y de dios, es el espíritu celta profano en el naciente cristianismo, reaparece en historias de amor como Tristan e Isolda o en la germánica saga de Sigfrido y Brunilda, en esta pareja el valiente mortal atraviesa el circulo de fuego que protege a la dormida y enamorada walkiria que espera el beso de su amor.
Esta antigua y poderosa mitología nos habla de una realidad mágica donde las pasiones comandan nuestro mundo bajo sus propias reglas inconscientes.
El amor puede ser esa invisible conexión con el otro que posee tiempo y espacio propio, una delicada superficie, una cuarta o quinta dimensión, ese sincronismo del que habla Jung cuando dos personas enamoradas se encuentran misteriosamente en la ciudad sin cita previa.
La fotografía es un lenguaje antiguo, nace en el siglo XIX muy cerca de los pre-rafaelistas ingleses como Margaret Cameron, la primera mujer fotógrafa creadora del retrato psicológico y de maravillosas estampas artúricas pictorialistas y junto a ella se destaca el escritor, matemático y fotografo Lewis Carroll el creador de "Alicia en el país de las maravillas" y "Alicia a través del espejo".
Ellos reactivan el espíritu celta y sobre la superficie misteriosa de una fotografía el aura espiritual del sujeto queda grabada como una impronta imborrable.
El lenguaje fotográfico es animista por antonomasia : si observo el retrato de una mujer, "ella" cobra vida, existío como verdad, la imagen fotográfica es mi recuerdo de esa mujer en futuro y en pasado.
Esto acontece en la foto del invernadero de la cual nos habla Roland Barthes en su texto "La cámara lucida", la foto de su madre recientemente muerta. Es una imagen que nunca veremos, pero gracias a esa ausencia material es la fundadora de su tesis sobre la fotográfica.
En su texto él dice que al mirar una foto existen tres dimensiones el "punctum": lo que causa la mirada, el "studium" : los datos de la realidad y el "spectrum": la dimensión fantasmal de la fotografía.
Bajo esta interpretación, en plena era virtual, las consecuencias imaginarias de los medios analógicos persisten. Estas superficies mágicas de Avalon y el triple análisis barthesiano se mantienen en el rastro lumínico de las pequeñas pantallas de los celulares y las cámaras digitales. "Ella" ahora vibra luminosa como las hadas de las luciérnagas en la pantallita.
Las fotografías de Patricia se inscriben en esa dimensión aurática y espectral de la fotografía, en consonancia a la obra de las tumbas de Sophie Calle, la lápida, el breve obituario es la pequeña historia amor, da cuenta de que allí vivieron. La foto de esa piedra genera una doble voluntad de eternidad, los enamorados vuelven a existir frente al sujeto vivo que los contempla.
Nosotros hoy parados aquí en la galería de arte frente a estas fotografías, esas piedras en el bosque -como los místicos monolitos enigmáticos de Stonehedge- parecen abrirnos una nueva puerta a Avalon, a otra dimensión donde la fuerza del amor es ilimitada.
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